Notas sobre la muerte de Carlos Holmes Trujillo

Actualizado: 9 mar 2021



En la madrugada del 26 de enero falleció el ahora exministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo. La noticia la dio con la solemnidad que suele fingir en estos casos Álvaro Uribe Vélez. Hipócritas como somos en Colombia, de inmediato medios, políticos, periodistas, influencers, líderes de opinión y un largo etcétera salieron a lamentar su muerte y a expresar sus condolencias. Y digo hipócritas porque dudo que realmente lamenten o sufran por la muerte del exministro; es solamente que el costo político de parecer mezquinos, insensibles o crueles es demasiado alto. Más vale fingir bondad que expresar el alivio que muchos, incluso entre los suyos, han de sentir por este golpe del azar, del que, no sobra decirlo, el exministro es uno más entre los más de cincuenta mil muertos que la pandemia de COVID-19 ha dejado en Colombia. No deja de ser irónico que el ministro haya muerto víctima del COVID y no de la guerra, que era el oficio que desempeñaba con terrorífica destreza. Para decirlo sin ambages, el trabajo de Carlos Holmes Trujillo era ordenar muertes, planearlas y administrarlas: y no sólo de sus enemigos, sino también de quienes él usaba como punta de lanza de la guerra que él y sus copartidarios cabalgan y usan como plataforma para mantenerse en el poder. Por orden de Carlos Holmes Trujillo (como de cualquier ministro de la defensa, dicho sea de paso) no sólo han muerto “enemigos del Estado”, sino miles de sus defensores. Como sea, el ministro ha muerto, impune, como es costumbre en Colombia, y por razones que me propongo dilucidar, su muerte y las reacciones que ella genera evidencian el tabú sobre aquello que puede ser dicho y, más aún, sobre lo que nos es permitido o no sentir ante una muerte.


Lo primero es analizar con algo más de detenimiento estas formas que se nos imponen ante la muerte de alguien. Un elemento central es que estos modos son sólo los que vemos representados en lo público. Los modales con que se trata la muerte de alguien son los que se nos exigen en la esfera pública. Incluso si en privado nos alegramos y saltamos de la dicha por la muerte de, por ejemplo en mi caso, el jefe de sicarios de Pablo Escobar, no nos es permitido expresar esa dicha en público o, en todo caso, nos arriesgamos a las sanciones de hacerlo. Tenemos, pues, dos opciones: la primera es expresar lo que todo el mundo está obligado a expresar, es decir, condolencias, duelo, lamentos y una fastidiosa magnanimidad que consiste en fingir que el supuesto valor sagrado de la vida hace que ante la muerte sólo haya dignidad, independientemente de las ideas, acciones o crímenes del fallecido; o como se dice popularmente: “No hay muerto malo.” La segunda opción es guardar silencio, que en estos tiempos también es peligroso, pues ante ciertas muertes el silencio termina siendo interpretado como secreto júbilo, y en un par de horas o días (a lo sumo), no sobrarán los artículos de prensa preguntando por qué tal persona no se ha pronunciado sobre la muerte de tal otra. Entonces, basta simplemente con echar un vistazo para notar las formas usuales que acompañan la muerte: “A pesar de las diferencias, lamento profundamente la muerte del ministro”, “Aunque pocas veces estuvimos de acuerdo, reconozco la dedicación del ministro con el país”, “Solidaridad con la familia del ministro”, “Mi más sentido pésame a los amigos, copartidarios y familiares del ministro, con quien tuve siempre diferencias” y bla, bla, bla. La similaridad de todas esas frases que se encuentran a diestra y siniestra del espectro político y, en general, en la esfera pública, nos sugieren que se trata de moldes. No hay que pensar ni mucho menos sentir mucho para escribir o decir eso. Son frases prefabricadas, para cumplir con ciertos códigos sociales, pues sabemos el costo que implicaría no hacerlo.


Pero lo cierto es que en esos gestos prefabricados con que fingimos que todas las vidas nos importan en igual medida confesamos lo contrario: que no todas las vidas se plañen igual, ni todas las vidas valen lo mismo, por mucho que se insista en mantener esa apariencia. En Colombia han muerto más de cincuenta mil personas por cuenta de la pandemia, y ese duelo, aunque se diga lo contrario, no es colectivo ni mucho menos público. El dolor de cada muerte corresponde a las familias y a los círculos más inmediatos de quienes vivieron la pérdida. Y esas muertes, no sobra decirlo, no son únicamente por la acción del virus, sino por los distintos grados de ineptitud con que los gobiernos departamentales y locales, y el gobierno nacional, han lidiado con la pandemia. Pero eso es otra discusión. El punto es que, si nos ponemos rigurosos, la muerte de Carlos Holmes Trujillo es una más entre decenas de miles, y si nos apegamos a esa idea falaz de que todas las vidas valen lo mismo, no hay razón alguna por la cual lamentar con algún ánimo particular la muerte del ministro, pues su vida tiene el mismo valor que las otras cincuenta mil perdidas por la pandemia, o las varias centenas de vidas segadas por los grupos criminales (tan sospechosamente cercanos a las ideas del partido de gobierno) que matan líderes sociales (tan sospechosamente opuestos a las ideas del partido de gobierno) o las cada vez más frecuentes masacres (tan sospechosamente convenientes al partido de gobierno). Nadie que siga con ojo crítico la actualidad colombiana y los pronunciamientos del gobierno puede afirmar (sin mentir descaradamente) que el presidente, su jefe, y sus subordinados consideran de igual valor las vidas de los ciudadanos. Y si alguien cree que exagero o miento, me permito poner dos ejemplos adicionales. El primero (y heme aquí presa de los mismos modales que estoy criticando) es el total silencio del gobierno ante la muerte de Ángela Salazar, comisionada de la verdad, que falleció por Covid-19 a mediados del año pasado. ¿Por qué la muerte de Ángela, también ella funcionaria del Estado, no mereció las condolencias y los lamentos del partido de gobierno? ¿Por qué no hubo varios días (o al menos uno) de luto nacional, como si los habrá ahora por la muerte de Carlos Holmes? ¿Qué significa ese silencio? El segundo ejemplo es aún más reciente: la postura que tomaron el presidente, su jefe y sus ministros (especialmente el de Defensa) luego de la masacre de Bogotá: su defensa radical de la policía, y, sobre todo, la sistemática campaña de deslegitimación de la protesta que consiste, básicamente, en llamar vándalos a sus opositores, consolidando en la opinión pública la idea de que si el Estado mata “vándalos” está haciendo su trabajo. En fin.


Todo lo anterior es para demostrar que no todas las vidas valen lo mismo, ni todas son lloradas igual. Esta idea, por supuesto, no la tuve yo, sino la filósofa norteamericana Judith Butler que ha trabajado con rigor y lucidez estos asuntos con su bellísima idea de “precariedad”. Butler nos dirá que la precariedad es lo que tienen en común todas las vidas, el hecho de ser susceptibles al daño, a la destrucción, a la enfermedad. Con intención o sin ella, todos podemos morir todo el tiempo, como de hecho lo prueba la muerte del ministro, quien sin duda, y a diferencia de la gran mayoría, pudo recibir de inmediato la mejor atención disponible. Y aun así está muerto. Carlos Holmes puso su precaria vida en manos de los mejores médicos, que seguramente le procuraron los mejores tratamientos disponibles. Y aun así está muerto. Dudo que alguien se atreva a culpar a los médicos, pues como ya lo hemos visto de sobra, hay veces que nuestras mejores médicas, nuestros mejores tratamientos, nuestras mejores intenciones no son suficientes para salvar una vida de las consecuencias de una enfermedad, un accidente o un intento de asesinato. Y la precariedad tiene también que ver con eso, con el hecho de que nuestra vida no es posible por sí sola, sino, y de hecho, por la densa red de relaciones sociales que la sostienen, y de la que hacemos también parte. No hay algo así como “la vida en sí misma”, pues nada vivo vive solo. La perdurabilidad de la vida no depende enteramente de sí, y en eso consiste su precariedad. En ese sentido, Butler nos dirá que no hay vida, sino “condiciones para la vida”. Y entonces, esa precariedad tiene que ver con su materialidad, que en este caso es el cuerpo enfermo o herido, y también con las condiciones materiales con que se puede cuidar esa vida precaria, es decir los hospitales, las médicas, los enfermeros, los recursos financieros, el agua, las agujas, los medicamentos, y todo lo que debe estar dispuesto previamente para que ese cuidado pueda tener lugar. Pero también la precariedad tiene que ver con la manera en que ese cuerpo cobra significado en el espacio social, y es ahí donde surge la hermosa pregunta de Butler, que es el subtítulo de su libro (en burda traducción mía, valga aclarar): “¿Cuándo una vida es plañible?”¿Por qué hay vidas que lloramos más que otras cuando se pierden? ¿Por qué hay muertes que parecen dolernos más que otras? ¿Por qué hay quienes mueren en estruendoso silencio?


Escribo todo esto mientras avanza el ciclo de noticias en Colombia. Ya para este momento el presidente ha decretado tres días de luto nacional y banderas a media asta. Dependiendo de su grado de afinidad con el régimen, los grandes y pequeños medios del país han de estar preparando pomposos obituarios para homenajear al ministro. Mencionarán su larga carrera política, que incluyó ministerios y embajadas y que, como es sabido de sobra, incluía una campaña presidencial en 2022. También, y como no hay muerto malo, suavizarán u omitirán con total descaro los escándalos, las crisis y las infamias de las que fue acusado el ministro. No mencionarán su papel en la masacre de Bogotá, que tuvo lugar el 9 de septiembre, y que en muchos otros países le habría costado su puesto y su carrera, como mínimo, pues suponiendo que no haya sido complicidad u orden suya, es, al menos, de una ineptitud imperdonable que las fuerzas armadas bajo su mando arremetan impunemente contra civiles desarmados. Igual: ya no importa. El ministro ha muerto impune. No se mencionará que por orden suya han muerto no cientos, sino miles, de hombres y mujeres, ya sea por rebelarse contra el criminal Estado colombiano o por defenderlo. Y éste es un punto crucial, pues es más que evidente que no es lo mismo un guerrillero muerto que un soldado asesinado; no son lo mismo un líder social, un estudiante, una mujer trans o negra (o ambas) muertas y violadas a manos de las fuerzas del Estado (como abundan los casos), que un policía asesinado por la criminalidad, un bandido, un vándalo, un narcoterrorista, un violador de niños, y todas esas palabras con que desde el Estado se erigen los mecanismos de distribución de la precariedad. Porque (y de esto va un poco el libro de Butler) aunque todas las vidas tienen en común la precariedad, también es cierto que esa precariedad no está igualmente repartida entre las vidas, y es por eso que no todos los muertos se lloran igual. La precariedad de la vida no tiene solo que ver con sus condiciones materiales de posibilidad, sino con los regímenes representacionales que las significan de un modo u otro. En otras palabras, la precariedad de una vida no tiene únicamente que ver con el hecho de haber nacido en la pobreza y la exclusión económica, sino también con el hecho de que la manera en que esa vida nos es dada a imaginar en las representaciones que de ella hacen los medios de comunicación masivos, hace que la percibamos de un cierto modo, y que su pérdida, por lo tanto, sea más o menos plañible. No lloramos igual todas las muertes, porque no imaginamos iguales todas las vidas.


No lloramos igual todas las muertes, porque no imaginamos iguales todas las vidas.

Al finalizar el párrafo anterior me encontré con el decreto número 083, del 26 de enero de 2021, “por el cual se honra la memoria de las víctimas del Covid-19 y en especial (sic) la del Dr. Carlos Holmes Trujillo García”. Esa frase que encabeza el decreto, sin las comas de inciso que corresponden (dicho sea de paso), es un excelente ejemplo de lo que intento explicar. Para el 25 de enero, el ministerio de salud reportaba un total de 51.747 fallecidos. Esto no es un asunto menor y delata hasta qué punto el gobierno reparte desigualmente la precariedad. Ese inciso sin marcar, ese “en especial”, pone la vida del ministro por encima de las demás vidas perdidas, pese a que el ministro, incluso si no lo hubiere sido en el momento de su muerte, tenía las condiciones materiales para asegurarse el mejor cuidado disponible. Es improbable (por no decir imposible) que Carlos Holmes Trujillo hubiera muerto como resultado de una de esas decisiones terribles que se han visto obligados a tomar los médicos del país y el mundo cuando no alcanzan los equipos, cuando no hay camas suficientes, cuando no hay recursos suficientes para cuidar por igual todas las vidas. E incluso en ese caso, la vida de Carlos Holmes habría sido priorizada, como lo es ahora que ha muerto, cuando por orden del gobierno debemos llorar a 51.747 anónimos y a un ministro de defensa (en especial), que será enterrado con honores, que es como solemos enterrar a ciertos criminales en Colombia. Y no se trata solamente del odioso y revelador gesto del gobierno, sino de lo que ocurre inmediatamente después: los medios salen a dar la noticia de los días de luto por el ministro y, de paso, por las demás víctimas de la pandemia, y llenan sus páginas de homenajes y obituarios sobre Carlos Holmes, y hacen pasar por especialmente dolorosa una muerte que es como las otras 51.747, es decir: una más. Todo hace parte del mismo mecanismo que hace coincidir precariedad material con precariedad simbólica, que es, a su vez, lo que hace que haya unas muertes que representemos como más terribles que otras, o que haya tantos que digan que los pobres son pobres porque quieren, o que exigirle al Estado que deje de matar, o que al menos proteja la vida de los líderes sociales, los estudiantes y las mujeres es equivalente a un acto de imperdonable insurrección, que debe ser castigado con todo el peso de la ley, que en este caso son las armas. Porque lo cierto es (y esto también nos lo dice Butler) que los modos en que se representa la precariedad, y la manera en que esta representación determina su distribución en una sociedad, terminan configurando lo que ella llamará “marcos de guerra”, que son necesarios para legitimar no solamente la realidad material de la guerra, sino los afectos que la animan. Hay entonces que felicitar al ministro, pues incluso después de muerto ha logrado seguir implementando la política principal de este gobierno: la guerra.


Todo esto nos trae de regreso a la fastidiosa magnanimidad con que se espera que lamentemos la muerte de Carlos Holmes. Se trata, en realidad, de la parte más compleja del mecanismo, pues es la más flexible y, por tanto, la más difícil de describir como una totalidad fija o acabada. Para tratar de entenderla conviene mirar las sanciones de que somos sujetos quienes nos atrevemos a desafiar el régimen representacional de la precariedad. Se trata de una sanción moral, que viene, en especial, de dos lugares. El primero es obvio: los copartidarios de Carlos Holmes, muchos de los cuales parecen haber llegado a un nivel de enajenación que está (me temo) más allá de nuestra capacidad para salvarlos; son los que ante un comentario que evoque los crímenes del ministro no dudan en amenazar, maldecir, insultar y recurrir a toda clase de imágenes extremadamente violentas con la intención de escarmentar a quien se atrevió a cuestionar al muerto. Aunque su comportamiento es tan revelador como peligroso, lo cierto es que se trata de estúpidos y lo mejor es pasar de largo. Sin embargo, los que deben verdaderamente preocuparnos no son los partidarios del ministro, sino, de hecho, quienes decían ser sus contradictores. Son los que escriben o salen a medios a decir que, pese a las diferencias, lamentan profundamente la muerte del ministro, y comienzan a enumerar cualidades genéricas y a repetir una frase peligrosa (o cualquiera de sus variantes): “la vida es sagrada”. Pocas frases han resultado tan devastadoras para la sociedad colombiana como esa, pues legitima el régimen representacional de la precariedad, que es a su vez el que causa su desigual repartición, y también los marcos que legitiman la guerra, tanto material como afectivamente. Es una frase seductora por el fácil placer moral que procura. Es fácil parecer una buena persona diciendo esa frase, y sobre todo, nos evita la molestia de tener que pensar lo que ella promueve. Cada vez que en el nombre de la supuesta sacralidad de la vida, salimos hipócritamente a lamentar la muerte de un contradictor político, que en este caso era, además, un criminal y, en especial, uno más en la larga lista de promotores de unas condiciones que durante generaciones han hecho que unas vidas sean inmensamente más precarias que otras, estamos contribuyendo a la ocultación de la desigual repartición de la precariedad.


Vuelvo entonces a Butler, quien nos dirá que no existe algo así como “la vida en sí misma”, en tanto la precariedad, que es común a todas las vidas, hace que, necesariamente, la perdurabilidad y el florecimiento de la vida dependan de una compleja red de relaciones que dan o no las condiciones para que esta pueda o no prosperar. En el momento en que decimos que “la vida es sagrada” aludiendo a la singularidad de cada vida, estamos negando que la posibilidad de vivir no depende exclusivamente del instinto de supervivencia, sino, y en especial, de las condiciones sociales y políticas que la hacen posible: no se trata pues de la vida, sino de las condiciones en que surge, por lo que no tiene ningún sentido decir que “la vida es sagrada”, pues no existe tal cosa como la vida en singular, sino, y solamente, las condiciones de entre las que emerge la vida. Y entonces, lo que termina pasando al afirmar irreflexivamente que “la vida es sagrada” es que cualquier persona que, por la razón que sea, no pueda hacer parte de esa sacralidad, queda inmediatamente fuera del alcance de cualquier discusión o juicio. O dicho simplemente: no hay muerto malo. Como “la vida es sagrada”, ¡ay de quien se atreva a cuestionar a los muertos! ¡ay de quién se atreva a señalar los crímenes que en vida cometieron!, pues es tan grande el horror de perder la vida, que ya ningún juicio o condena tiene validez: no importa cuánta devastación haya dejado tras de sí el muerto; no importa que bajo su mando hayan muerto por acción, omisión o complicidad cientos de inocentes, y que miles hayan tenido que desplazarse; no importa el reguero de huérfanos, ni importan tampoco las mujeres violadas. Pareciera ser que, al morir, los colombianos quedamos inmediatamente exonerados de cualquier deuda que tengamos con quienes nos sobrevivan. Y es así como nos vemos forzados a fingir luto ante la muerte de alguien que despreciamos, que nos es indiferente o que, simplemente, no queremos plañir. Es así que terminamos obligados a enlutar por la muerte de un criminal que ocupaba el cargo de ministro de defensa de igual manera que por 51.747 anónimos que son, según el gobierno, mucho menos importantes que el criminal que hoy nos quieren obligar a llorar.

Carlos Holmes Trujillo — via France24

La sacralización de la vida ha erigido un enorme tabú sobre la muerte. Podemos ver el tamaño del tabú en la virulencia con que somos sancionados quienes nos atrevemos a romperlo. Al atrevernos a decir en público que no lamentamos una muerte por la que se espera luto, somos de inmediato tratados de inmorales, amenazados con ser excluidos de la comunidad y, quizá lo más revelador de todo, igualados con quienes sistemáticamente demuestran que la vida no tiene nada de sagrado. Así es como opera lo más siniestro del mecanismo mediante el cual se legitima la continuidad de la guerra en Colombia: en el nombre de la sacralidad de la vida, aquellos que dedican todos sus esfuerzos a perpetuar el conflicto armado, y a mantener la desigual repartición de la precariedad, y los marcos que legitiman material y afectivamente la guerra, pueden morir tranquilos e impunes, sabiendo que quienes osemos recordar y evocar sus crímenes, quienes luchemos por condenar su mezquindad incluso más allá de la vida, quienes nos atrevamos a cantar obituarios con hurras, como aquel poema de Benedetti, seremos castigados, sancionados y silenciados, no solo por los aliados del criminal, sino por quienes creían combatirlo, amparados todos bajo un siniestro manto de inmoralidad edulcorada que repiten como mantra: “La vida es sagrada”. Pero no. No es sagrada. No lo ha sido, ni lo es. La vida es precaria, frágil y susceptible de acabar en cualquier momento. Como lo demuestra la muerte de Carlos Holmes Trujillo, no hay poder o riqueza que puedan asegurar por completo la perdurabilidad de la vida. Carlos Holmes murió en la madrugada del 26 de enero de 2021, por Covid-19, como habían muerto hasta entonces otras 51.747 personas por la misma causa, y otras centenas más por cuenta de las políticas de guerra del gobierno del que Carlos Holmes era ministro y que aspiraba reemplazar en 2022. Su muerte no me enluta, ni me entristece y, de hecho, me genera un cierto alivio, inmediatamente seguido por la angustia que me da pensar en quién será el criminal, quizá peor, quizá más ruin, quizá más cruel, que ocupará su lugar. No pienso plañir ni mucho menos fingir que me entristece la muerte de un criminal. Y como dijo Benedetti: que lloren sus iguales.