La Reconquista

En un concierto, Pedro Guerra cuenta que alguna vez, estando de gira por Colombia, y habiéndole quedado un día libre, le pidió a la gente que lo acompañaba que lo llevaran a conocer algo de Bogotá. Decidieron llevarlo a un centro comercial. Al final, Pedro dice que su domingo consistió en subir y bajar escaleras eléctricas en un lugar no muy diferente a los centros comerciales de Barcelona. Dice también que se sorprendió de que hubiera tanta gente para la que sus planes de domingo fuesen ir a pasear a un centro comercial. El video de la historia está en YouTube; se trata de la introducción a la canción "Si tú quisieras", en el Palau de la Musica en Barcelona. Recuerdo esta anécdota porque me parece reveladora de nuestra relación con el espacio público, la calidad de nuestra democracia y algunos significados de este Paro Nacional que inició con fuerza el 21 de noviembre del 2019, perdió fuerza en diciembre por las festividades navideñas y parece estar a punto de volver a ganar fuerza en enero.


Lo primero, como ya dije, es nuestra relación con el espacio público. La respuesta corta es que, hasta antes del 21 de noviembre, no había tal. Desde que recuerdo (que aún es poco), las calles han sido peligrosas en Colombia. En las calles matan, roban y violan. En las calles acechan los "ladrones de niños" (decían mis papás y muchos otros), y sólo hasta hace poco comprendí que eso quería decir simplemente "Hijo, no salgas a la calle que te desaparecen", "Hijo, no salgas a la calle que te secuestran", "Hijo, no salgas que allá afuera está la guerra". Y como afuera estaba la guerra, no hubo más remedio que encerrarnos. Fue necesario atrincherarnos en unidades residenciales con cercas eléctricas y seguridad privada, tras las que estábamos más o menos seguros de conocer a nuestros vecinos, a las que sólo se podía entrar con previa autorización de algún residente, y en las que los hijos pequeños teníamos espacio suficiente para salir a jugar sin estar expuestos a los riesgos de la calle.


Pero como de todos modos necesitábamos salir a trabajar, y a comprar comida, y (cómo no) a divertirnos fue necesario construir trincheras a las que pudiéramos llegar fácilmente y de las que no necesitáramos salir y exponernos al peligro. Y hubo entonces centros comerciales. Enormes fortalezas (cada vez más enormes) en las que podíamos refugiarnos de los horrores de la calle y tener al mismo tiempo la sensación de haber salido. Cómodas prisiones desde cuyas terrazas podíamos mirar seguros el peligroso mundo de afuera. El poco espacio público que quedó (además de algunos parques casi siempre desiertos) fueron los estrechos andenes que nos obligan a caminar rápido, evitando detenernos y mirarnos, alertas siempre, porque la calle es peligrosa. Las funciones del espacio público fueron cooptadas por los centros comerciales, que las moldearon según sus intereses de renta. Y como Colombia es tan clasista, hubo centros comerciales de ricos, de pobres y de clase media, mutuamente excluyentes entre sí (casi siempre). No pudimos volver a encontrarnos.


Lo que nos lleva al segundo punto. Esta consolidación del centro comercial como sustituto del espacio público fue un grave golpe a nuestra (desde siempre frágil) democracia. Lentamente, aquellas enormes prisiones fueron devorando todos nuestros lugares de encuentro e incorporándolos a su negocio. Los centros comerciales se llenaron de supermercados, cines, tiendas de ropa, salas de juego, restaurantes y todo lo que pudiéramos necesitar. Y fue de hecho así como nos lo vendieron. Podíamos hacerlo todo en un mismo sitio, protegidos por guardias y perros, vigilados por cámaras y con gente parecida a nosotros. Esta realidad material ha tenido efectos perversos sobre nuestra vida política, y particularmente sobre nuestras aspiraciones democráticas. La cooptación del espacio público por intereses privados ha impedido nuestro encuentro como sociedad y ha (en cambio) profundizado los enormes abismos que nos separan. Baste con decir que es improbable que un cliente del Centro Comercial Andino vaya a Centro Mayor (en el lado pobre de la ciudad).


Y esto es perverso porque destruye la posibilidad del encuentro, que es (a su vez) condición de posibilidad de la democracia. No habiendo un real y efectivo espacio público en el cual encontrarnos, no hubo tampoco muchas ocasiones para reconocernos, mirarnos, conversar, dialogar, debatir. Esta función fundamental del espacio público (la de permitir que la sociedad se reúna a deliberar) fue excluida de los cálculos de los centros comerciales y ha sido asumida (perversamente) por políticos que dicen representar los diferentes sentires de la sociedad. Pero esto no puede ser cierto, al menos no totalmente, porque una sociedad que no pueda encontrarse y deliberar no puede tener claridad sobre sus sentires colectivos. Una democracia sin espacio público real es frágil en tanto no hay un lugar para lo común. Al final, eso que durante años hemos llamado "agenda pública" son en realidad las interpretaciones que distintos sectores políticos han hecho de nuestros sentires-sin-conversar; interpretaciones muchas veces hechas (por cierto) desde centros comerciales, condominios, unidades residenciales, clubes y, en general, recintos cerrados, controlados y asegurados.


Llegamos entonces al paro nacional, nuestro tercer punto. El hecho de que sea tan difícil consolidar una agenda unificada de exigencias; el hecho de que haya tantos temas por los que protestar (legítimos todos); el hecho de que haya tantas voces tan diversas exigiendo cosas tan diferentes, y que muchas de esas voces coincidan en algunos temas, y en otros no, habla de cómo esto es una primera vez. Nos estamos descubriendo. Nos estamos (por primera vez en mucho tiempo) reencontrando. Hemos copado calles y parques para cantar, bailar, tomar, conversar, protestar y gritar juntos, y eso ha implicado escucharnos, eso ha implicado leer más y mejor, informarnos más rigurosamente, porque deliberar nos exige escuchar, entender, estudiar. Quizá lo que más deba alegrarnos de este paro nacional es esta conquista del espacio público como algo más que un lugar de ansioso tránsito. Hemos descubierto que podemos salir a las calles y sentirnos seguros no porque haya policía, sino porque hay otros con quienes compartimos ideas, proyectos, esperanzas, indignaciones, causas y hasta desacuerdos, y cuya mera presencia es una garantía.


Y por eso este paro ha sido tan maravilloso, y por eso debemos mantenerlo y cuidarlo. Por eso es tan importante que hagamos fiestas en las calles, que organicemos conciertos, actividades culturales, obras de teatro, festivales gastronómicos, espacios pedagógicos. Necesitamos tantas oportunidades para estar juntos como sea posible, sin los abismos de clase que tanto ahondaron los centros comerciales. Somos una sociedad con demasiadas conversaciones atrasadas, demasiados temas pendientes. Nos estamos tomando las calles no solamente para recordarles a iván duque y a su gobierno la obediencia que nos deben, sino también para mantener viva esta democracia que nace apenas, pues lo que había antes (lo que hay todavía) era una fachada hecha de urnas e instituciones desconectadas del cuerpo deliberante que debiera fundamentarlas. Estamos fundando una democracia que nunca se fundó del todo. Habrá que ver en qué termina todo esto.