alvaro en iván

Con certeza sabemos que fueron ocho, pero todo parece indicar que fueron más (dieciocho, al parecer). Es lo más probable. Nada debe sorprendernos de este gobierno que, encarnado en el alma más insípida de la que se tenga noticia (algo meritorio en el país de sergio fajardo), es mucho más astuto y criminal de lo que nuestro insulso presidente lo hace parecer. Y esto no es algo que debamos pasar por alto, pues pienso que la figura lastimera de iván cumple una función más compleja que la de ser (simplemente) el testaferro de álvaro. Pienso que iván, con su expresión de animal aterrado, visiblemente superado por las exigencias de su rango e inepto hasta la lástima, funciona también como dispositivo de distracción por los efectos que su figura tiene sobre nuestras conciencias. No podría afirmar si esto es o no idea de álvaro, pero, en cualquier caso, le sirve más de lo que creemos.


A iván basta con mirarlo: en casi todas las fotos en las que se le representa, luce aterrado, derrotado, superado, acorralado y/o abrumado. El asunto es tan notorio que la revista semana (actual ministerio de propaganda) tuvo que contratar a un ilustrador para que pintara a iván como a un feroz capitán braveando la tormenta y ocultara lo que en las fotos (sin photoshop adelgazante) es más que evidente. De cualquier modo, iván genera lástima de un modo que amansa, pues, aunque seguramente él esté tan roto como luce, su figura tiene sobre nosotros un poderoso efecto distractor. La ineptitud de iván nos avasalla porque es muy difícil no sentir una punzada de compasión al verlo fracasar estrepitosamente una o dos veces al día. En realidad, esto habla bien de nosotros, pues la justicia sin compasión no es más que venganza, y es evidente que un inepto (por cuenta de su ineptitud) nunca es totalmente responsable de las consecuencias de sus errores.



Pero es aquí donde yace el engaño: la compasión nos nubla el juicio y nos hace juzgar como errores las decisiones del presidente. Es inevitable no compadecerse de él (así sea un poco) cada vez que su incapacidad lo lleva al ridículo. Por esto se hace imposible juzgarlo con la severidad que exigen su rango y las consecuencias de sus decisiones. Porque, aunque presentar pruebas falsas ante la ONU pueda ser un error logístico (siendo muy laxos), bombardear un campamento lleno de niños, perseguirlos con perros para al final, ya indefensos, rematarlos y presentar sus muertes como un triunfo no son errores. Alguien se detuvo un momento a pensar y considerar la situación, y alguien decidió que las vidas de esos niños (ocho o dieciocho) no valían nada al lado de un triunfo militar. Alguien decidió que desde el momento en que esos niños se encontraron en el campamento aquel, sus vidas eran tan prescindibles y desechables como la de cualquier mamerto-guerrillero-narcoterrorista que no merece más que plomo y bombazos. Ese alguien sería (teóricamente al menos) el presidente de la república: iván duque márquez.


Pero todos sabemos que eso no es así. Tras la ineptitud lastimera de iván se oculta la maldad de siempre. Todos sabemos que no es iván quien cavila sobre el valor de la vida. Todos sabemos que se trata de álvaro en iván, y que por eso el exministro de defensa hizo lo que hizo con la libertad con que lo hizo, y que por eso el ministro de hacienda hace lo que hace como si su jefe no fuera su jefe, y que por eso el gobierno (en general) no es más que una banda de hampones mediocres protegiéndose unos a otros mientras roban, matan y tratan de diseñar una sociedad en la que sus crímenes sean actos de heroísmo. Y todo esto está convenientemente oculto tras la figura inepta de iván; tan inepta que es imposible pensar que las nefastas consecuencias de sus decisiones son producto de un pensamiento malvado, de un proyecto terrible, aunque claramente lo son, y aunque claramente no sean de iván, que contribuye "solamente" con su incompetencia.


Porque el presidente es más que el testaferro triste que parece ser. Su figura nos distrae porque llama a la compasión. Es muy fácil vernos en iván, porque todos hemos fracasado estrepitosamente, todos hemos hecho el ridículo, todos nos hemos sentido superados por las exigencias de ciertas situaciones: la vida nos ha roto a todos. Algo de iván nos recuerda una fragilidad que reconocemos en nosotros. Siniestramente, álvaro en iván nos puso un espejo cuyo reflejo derrotado nos impide ver lo que sucede tras él. Porque miramos al presidente, y nos conmueve su expresión abrumada; y cuando sus ministros (que no son suyos realmente) bombardean niños, atacan la paz, destruyen la seguridad social, nos conmueve también verlo dar órdenes al vacío; y es imposible no sentir un asomo de ternura burlona cuando el presidente sale en la televisión fingiendo enojo, confundiendo torpemente autoridad con rabia. Al final, iván duque es para nosotros un reflejo patético que produce una compasión avasallante.


Pero incluso si la mereciera, el presidente de la república no es sujeto de piedad. El presidente solamente puede ser juzgado con severidad, pues sus acciones, omisiones, palabras y gestos abarcan y definen muchas vidas más allá de la suya. La dignidad de su rango le exige renunciar a la compasión que otros puedan sentir por él, porque él, en realidad, no es solamente él, sino también todas las vidas afectadas por su proceder, y la compasión solo es posible ante la singularidad del otro. Y como en éste caso no es el presidente quién procede, sino quienes tras él se ocultan, nuestro deber es romper ese espejo lastimero y obligar a rendir cuentas a iván (por inepto) y a todos los que detrás suyo (álvaro y sus cómplices) intentan destruir esta frágil paz, los que creen que pueden matar niños impunemente, regalar nuestras pensiones a empresarios sin escrúpulos, pagarnos salarios aún más indignos, hacer pasar asesinatos por triunfos militares y contar la historia como si sus crímenes fueran actos de virtud.